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La prueba de que Dios existe es el cuerpo de la mujer y el aceite de oliva

La prueba de que Dios existe es el cuerpo de la mujer y el aceite de oliva

Anacronismo

Eulàlia Lledó Cunill

 Hacía tiempo que no oía una trivialidad de esta envergadura y de un sexismo tan rancio como evidente en una película que tiene la pretensión de querer ser profunda y emanar transcendencia, que quiere dar cuenta de algunos grandes temas. Esta es aproximadamente la frase que el director Fernando Trueba hace articular, sentencioso, al inefable Jean Rochefort hacia el final de El artista y la modelo, película filmada en un originalísimo últimamente blanco y negro.

(Al margen, desde la noche de los tiempos se sabe que Dios es hombre, no hay ninguna duda si contemplas sus barbas y su pinta. Algunos hombres se le parecen, quizás por esto no tienen significados equiparables y equivalentes estas dos frases aparentemente iguales: "La prueba de que Dios existe es el cuerpo de la mujer" o "La prueba de que Dios existe es el cuerpo del hombre". En efecto, cuestión de óptica, de lo que se valora, del punto de vista.)


El cuerpo, no las mujeres; el cuerpo, cualquier otro rasgo, cualquier otra característica sobrante y obliterable. En consonancia, el resto de la película es la contraposición, el contraste, entre un vestidísimo y calzadísimo escultor-pintor y una casi siempre desnuda Aida Folch. Entre un creador en el último tramo de su vida terrenal y artística (sexualmente, más allá de las cenizas) y una joven en eclosión. Entre la experiencia y la juventud; entre la sabiduría y la frescura; entre la elaboración y la simplicidad. En definitiva, entre la cultura y la natura. Ninguna primicia: una ristra de manidos y sobados tópicos.

Entre los muchos pintores que se dedicaron a los desnudos femeninos, creo recordar que fue Degas quien dijo una cosa así como que deseaba pintar una criatura absorta en su elementalidad, preocupada tan solo por su condición física, como un gato que se lame, vislumbrada, además, a través del ojo de una cerradura.

Y así la vemos desde el primer momento, muerta de hambre, durmiendo o descansando por el suelo, ofrecida a la vista de quien quiera mirar cuando se lava en una fuente pública (¿quizás como una gata se lame?). Y así la seguimos viendo durante toda la película entera, vistiéndose sólo para volverse a desnudar, forzada en diferentes posturas, torturadamente inmóvil, espiada en la indefensión de la intimidad y el sueño. Pura materia, como un trozo de pan o aquella trucha que pesca con sus manos desnudas para ofrecerla a su patrón; pura naturaleza, como las flores y las frutas. Ofrecida siempre a los ojos del viejo escultor, abierta en canal a los ojos del público. Las sarmentosas manos del escultor modelando su turgencia como si fuese arcilla --no en el barro o con los pinceles sino directamente en el cuerpo de la protagonista.

Hasta que consigue la perseguida creación y, de paso, una erección (que quizás tan solo es la otra cara de la misma moneda); esto sí, potenciada por un ridículo y retorcido ataque de cuernos. Y en este momento el filme consigue explicar con nitidez -se lo hubiese propuesto o no como objetivo- el predicamento y éxito que tiene la viagra entre una parte de la población masculina, esta especie de ansiedad.

Aunque quizás también habla de las edades del director y del guionista.

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