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Lo social es la vida: Mabel Cañadas

Lo social es la vida: Mabel Cañadas

Entrevista aparecida en Libre Pensamiento nº 60




Mabel Cañadas se inicia en lo social en los movimientos
de Bilbao de finales de los 60. Su implicación
convencida le hace consciente de un “no llegar” en el
que se desenvuelve esa actuación. Descubrir las limitaciones
no le lleva al desánimo ni al abandono sino a
la búsqueda de nuevos caminos. En los 80 inicia una
experiencia de vida comunitaria en el abandonado
pueblo navarro de Lakabe, en el que lleva, por tanto,
28 años. Una experiencia radicalmente distinta que le
ofrece una reapropiación de su capacidad de decisión,
otra forma de abordar lo social en la que importa es
lo qué se hace y el cómo, en la que la actuación social
es la propia vida.

Aquí
va la primera parte de la extensa entrevista. En la segunda, añadiremos
además información y documentos extra de los proyectos o luchas que se
aluden en ella.

Libre Pensamiento (LP): Cuéntanos a grandes rasgos tu
trayectoria

Mabel: Lo que más ha marcado mi trayectoria ha sido
la tendencia a incidir en lo social, de modo especial la
necesidad de estar informada para abordar los temas
con seriedad. Sería por el año 65, con 13 años, cuando me
inicié en esto como respuesta a cosas que ves que están
mal y frente a las que dentro de mí surgió una cólera;
aquella actuación fue el inicio de una búsqueda.
Nuestra primeras actividades giraban en torno al Tercer
Mundo, otros temas eran muy inabordables durante
el franquismo. Entonces constaté que vivía en un mundo
que se sostiene aplastando a otro, un engranaje del
que buscas el funcionamiento y del que empiezas a descubrir
que tienes alguna responsabilidad. Esa actuación
y esa búsqueda me las he planteado siempre colectivamente,
pero también desde la soledad, sin la que esa
búsqueda colectiva no puede darse.
El Proceso de Burgos y los asesinatos de Vitoria supusieron
un paso en la confrontación con lo existente,
me impactaron y empezaron a marcar lo que sería mi
posterior trayectoria. No puedes dejar de implicarte, pero
a la vez percibes que el cúmulo de cosas que te salen
al encuentro no te deja acceder al fondo de lo que llevas
dentro y te gustaría realizar; como si ese exceso de actividad
matara la búsqueda.

LP: ¿En qué sentido te impactaron aquellos acontecimientos?

Mabel: Recuerdo el encierro en la iglesia de San Antón
con motivo del Proceso de Burgos, en el que se percibía
una especie de alta densidad de la rabia y el dolor. Hablaba
mucho con la gente porque siempre para mí cualquier actuación
ha sido un foco de investigación y cuestionamiento.
En aquel caso el nivel de cólera impedía cualquier
cuestionamiento y ahí aprendí que el dolor y la rabia pueden
ser adecuados para suscitar una energía que nos movilice,
pero no para diseñar una estrategia de actuación.
Esas respuestas pueden ser expresiones legítimas y entendibles,
pero no eran las adecuadas. El punto de partida
siempre debe ser el aceptar esa situación, amarla, lo que
no significa amar ni aceptar el daño que la ha producido.
Desde esa aceptación podemos plantearnos qué estoy
dispuesta a hacer yo para solucionarla.
Muchas situaciones en la historia de la humanidad son
de esa índole oscura y terriblemente dolorosa, lo que las
hace difícilmente digeribles. Pero hay que digerirlas, sentir
su dolor y aceptar que la situación es esa, para poder
definir una estrategia. Es seguro que no vamos a dar con
la estrategia exitosa, pero sí podemos dar un paso en la
dirección adecuada. Quizá es eso todo lo que podemos hacer
en una vida, todo lo que puede hacer una generación:
conseguir que ese paso quede consolidado e interiorizado,
que pase a formar parte de lo dado por sabido.

LP: Seguimos con el relato de esa tu trayectoria

Mabel: En los años 70 empecé a participar en los grupos
de no violencia de Euskalerria y, a través de ellos,
nos abrimos a información y corrientes de pensamiento
que a nosotros nos llegaban de Francia y que supusieron
una profundización en lo que venía siendo mi Eran los tiempos de Gandhi, Martín Luter King, Lanza
de Bastos, la comunidad de Tesse ... y fueron unas aportaciones
muy desarrolladas dentro de lo que venía siendo
esa búsqueda. El que el fin está en los medios y el árbol en
la semilla, algo que yo intuía, fue para mí de una claridad
iluminadora. También significó una profundización de mi
actuación. Pese a no tener que ir a la mili, trabajé en los
grupos de la objeción al servicio militar, y del no a la mili
dimos el paso al no a los ejércitos y no a las guerras, sin
olvidar las torturas, lo nuclear y el conjunto de un sistema
belicoso/militarista, jerarquizado y patriarcal, lo que
me llevó a adentrarme en el tema de la mujer. Comprendí
que el conjunto de estructuras sociales está marcado por
las relaciones de dominación/sumisión y que desconocemos
el funcionamiento en igualdad y en libertad.

Desde el año 75 viví con otros en una chabola en el barrio
de Recalde y me integré también en el trabajo en el
barrio. La convivencia me llevó a descubrir que demasiado
a menudo reproducimos esas relaciones de dominación o,
lo que es lo mismo, que la reivindicación, la convivencia y
la propia vida son partes de un todo. Aquel trabajo en el
barrio me hizo consciente de la cantidad de gente que no
tiene voz y que es imposible que la tenga si la sociedad y
búsqueda y mi actuación. nosotros mismos estamos inmersos en esas dinámicas de
la correlación de fuerzas, de ganar o perder y de búsqueda
de una determinada eficacia.
Todo va confluyendo. Lo de que el fin está en los medios
es otra forma de decir que para oponernos a las relaciones
de dominación/sumisión necesitamos nuevos procesos
de participación, nuevas formas organizativas, formas
asamblearias de toma de decisiones. Pero aun eso es insuficiente,
no basta que la asamblea sea perfectamente
democrática, tiene que estar mimada para que participen
las personas que menos hablan o que no hablan, requiere
fomentar la escucha, tanto como la intervención, requiere,
en definitiva, otros ritmos, otros tiempos, otra forma
de vivir. Si hoy, por cualquier imprevisible, se nos presentara
la oportunidad de desarrollar una alternativa a la sociedad
existente, volveríamos a reproducirla porque no
hemos trabajado suficientemente esas otras formas de
decidir, de hacer, de vivir en definitiva.

A esto se une que en el 78 ya no encarcelaban a los objetores
sino que pasaron al limbo jurídico y la objeción de
conciencia se fue desactivando, lo que nos hizo intuir que
el fracaso -relativo, pero fracaso al fin- de la actuación
social está en ese no abordaje de los problemas de fondo (en el caso de la insumisión, por ejemplo, la impregnación
de todas las relaciones sociales por el eje dominación/sumisión)
y que para hacerlo es necesario implicar más la
propia vida, ponerlo en práctica más que reivindicarlo.
Queríamos plasmar todo lo que habíamos trabajado a nivel
teórico, la necesidad de otras formas de vivir: sin jefes,
sin horarios, sin normas ni pensamientos predefinidos...
Primero recalamos en Usoz y luego, en la primavera
del 80 en Lakabe.

LP: ¿Fue duro dejar ese mundo anterior? ¿Sentiste alguna
pérdida al abandonar la “actividad social” explícita?

Mabel: Ninguna. Visto desde hoy, creo que si no eché en
falta lo que dejé se debió a que para mí era una etapa acabada.
También visto desde hoy, considero que para todas las
personas que actúan socialmente es necesario tomar momentos
de distancia. No siempre se está en plena forma,
hay momentos en que se ha dado lo que se llevaba y es importante
abandonar la primera fila, para que a esa actuación
lleguen nuevos impulso, por un lado, y para hacer tu
misma ese movimiento de recuperación, de búsqueda de
nuevas estrategias y formas de estar, que, en definitiva, es
una búsqueda de ti misma.
Esto requiere una cierta humildad y la pérdida de protagonismos.
Lo contrario conduce a la repetición rutinaria
y a que la actuación responda a esa necesidad de actuar
como forma de mantener el protagonismo, más que a
los fines que dice perseguir.
En mi caso eso se produjo de una forma indirecta y por otras causas. Buscaba otra forma de abordar y emprender
lo que había estado haciendo. No eché en ese momento
nada en falta, y siempre he procurado mantenerme en
contacto con aquello.

LP: Cuéntanos a grandes rasgos el proceso de Lakabe

Mabel: Cuando en la primavera del 80 decidimos dar
por cerrada la experiencia de Usoz e iniciar la de Lakabe
hicimos un llamamiento abierto: el 21 de mayo en Lakabe.
Nos juntamos 14 personas, en verano llegamos a
45/50 adultas y algunos niños: definir el proyecto nos
costó tres años: la iniciativa inicial era la de reconstruir,
tanto física como humana y relacionalmente, un pueblo
alternativo. Pero lo de “alternativo” es muy ambiguo, hace
más hincapié en lo que no se quiere, algo que es muy
habitual en todo grupo que se quiere diferente y que se
define anti (militarista, capitalista...), pero lo valioso son
las afirmaciones. Fueron tres años un tanto caóticos y,
por eso mismo, muy ricos. Pero las personas y los grupos
tenemos necesidad de definirnos, crear un marco o una
estructura que lo contenga, que plasme lo que se quiere
para empezar a realizarlo. Toda definición supone un grado
de exclusión que siempre es conflictivo, pero es muy
rico, también doloroso. Obliga a romper con gentes con
las que se ha recorrido un camino, a las que aprecias y
quieres. Acabas por aceptar que la vida es rular, que el
cambio y los desencuentros son la manera natural de que
la creación continúe y de que los entornos se renueven.
Pero siempre hemos tratado de apoyar, en la medida de
nuestras posibilidades, a las personas que han ido abandonando
el proyecto.

Tras ese proceso, en el 83, quedamos 16 personas y la
situación económica era muy difícil. Iniciamos la búsqueda
de nuevas fuentes de ingresos: pastelería, lana y zapatería.
Cada, digamos, casa, asumió una de esas actividades
para sacar dinero, pero vivimos con los bienes en común.
De esas actividades sólo dura en la actualidad la de pastelería.
A pesar de los avatares, el proceso siguió siendo
de crecimiento y en el año 90 llegamos a ser 45 personas
adultas y 10 niños.
En el 91 tuvimos una nueva crisis por el planteamiento
económico. El dinero mueve mucho. Una parte quiso dejar
de vivir en comunidad y derivar a formas similares a las
cooperativas, con unos aspectos económicos en común,
pero dejando otros a las economías de cada uno. El grupo
optó por seguir siendo un pueblo comunitario, sin economías
particulares. Y es esa experiencia la que queremos
seguir experimentando e investigando desde el pequeño
grupo de Lakabe y en relación con otros grupos que se
planteen las mismas cosas.

LP: Son 28 años de vivencia, ¿cómo es esa experiencia?

Mabel: es ciertamente una experiencia muy distinta,
en la que hemos tenido que reinventarlo todo, sobre todo
lo cotidiano. Aquí son otros ritmos, otro tiempo, el mismo
silencio te presenta la vida como un espacio en blanco.
Además, aunque pequeño, somos un colectivo muy plural,
cada uno es como es, y así tenemos que recogernos y ponernos
en común. Todo esto, que lo hace más difícil, también
lo enriquece.
Las condiciones iniciales fueron muy duras: sin
carretera ni luz ni agua ni teléfono. Pero ese arrancar
de cero, desde lo más básico, nos permitió un proyecto
muy abierto en el que todo está por decidir. Al principio
las discusiones podían parecer muy primarias, por
ejemplo qué comíamos y que no comíamos, pero en
ellas ya subyacían problemas de fondo, como el del
mercado local o global.

Sabiendo que no existe la alternativa perfecta, que
nunca nos libramos plenamente de nuestras contradicciones
y que siempre cometemos errores, Lakabe ha sido y
es una experiencia que nos abre a la vida, obligándonos a tomar decisiones con las que tenemos que vivir felices
aun cuando sean equivocadas. El pensar que somos lo que
pensamos ser, algo muy ligado a la fría cultura occidental,
es una fuente de sufrimientos. Es la vida a la que debemos
escuchar y de la que tenemos que aprender.
La vida es dinámica y nuestras estructuras y nosotros
mismos también debemos serlo. Los cambios estructurales
tiene que tener en su base los cambios en las personas.
Cualquier otra cosa queda dentro de las relaciones
de poder, entre nosotros y respecto a la naturaleza,
y para romper esas relaciones nuestro proyecto tiene
que dar voz a todas las personas. Voz y cabida, cancha
para realizarse.

LP: Supone eso una óptica bastante distinta a aquella
en que desarrollamos nuestra actuación social. ¿Cómo ves
esa actuación?

Mabel: la oposición al Poder se identifica excesivamente
con acciones contra lo que no queremos, pero acaba
siendo muy cerrada y empobrecida. Tenemos que trabajar
más sobre lo que queremos, yo sobre lo que yo quiero, y
para eso no necesito el permiso de nadie, puedo hacerlo
al margen o por encima del Poder. Ese carácter afirmativo
tiene más capacidad de impulso y de expansión. Cierto
que a ese querer se le oponen siempre barreras que para
nosotros se convierten en motivos de confrontación, pero
la sustancia no está en la confrontación sino en el lo que quiero.

Trabajar desde el sí, desde lo que quiero, desde
lo que estoy haciendo abarca a la totalidad de la persona,
es más rico y también más contagioso.
Además esto permitiría romper la política como pelea
para trasladarla a la necesidad de acuerdos que permitan
que se desarrollen las distintas formas de vivir. Esta necesidad
de acuerdos es uno de los aprendizajes a los que
te obliga la vida, no sólo el vivir en comunidad.

En lo teórico,
en la confrontación de ideas, el pensar diferente aparece
como pensar a la contra e impidiendo el desarrollo
del que piensa diferente. En la práctica esas diferencias
no se contraponen o se contraponen menos, siendo más
capaces de plantearse en común en el día a día. Llegar a
acuerdos que no recogen el 100% de mi pensamiento no
es grave, ni me recorta, ni me resta coherencia, sino, al
contrario, me refuerza y me aporta. Es algo a lo que nos
obliga el día a día, la vida, mientras que es muy difícil si
predomina el discurso y los macroproyectos de futuro. Y
es cosa muy sana, un ejercicio de humildad ligado al compartir
y al apoyo mutuo.
A la gente socialmente actuante la veo todavía muy
aferrada al discurso, a las fidelidades y a las coherencias
y a todos los defectos que conlleva y de los que te salva
el predominio de la vida frente al pensamiento. Las sociedades
cambian y nosotros debemos cambiar, pero el
predominio del pensamiento y de las ideas acentúa
nuestras resistencias a los cambios, acrecienta nuestros
miedos.

LP. Hablabas de la “fría cultura occidental”, ¿qué relación
existe entre pensamiento y vida?

Mabel: Los razonamientos externos que se quedan en
lo discursivo son poco útiles. El pensamiento real, el que
nos define y nos marca, es la síntesis de lo vivido. Vives y
en un momento dado eres capaz de plasmar lo vivido en
palabras, sea para transmitirlo a otras personas o para
plasmarlo en un libro; o al leer lo que ha escrito otro sientes
esa identificación profunda. El pensamiento es como
una condensación de la intuición que ha venido guiando
tu vida o viviendo en ti y que, en un momento dado, se explicita
y se expresa. Es curiosa la forma tan diferente de funcionar del
mundo rural al urbano, en el que esa escisión entre vida y
pensamiento se ha producido. Creo que se debe a que la
contemplación de la naturaleza, y la recogida de todas las
señales que de ella emanan, es componente esencial del
pensamiento. En el mundo rural si un árbol se muere, se
corta, y si un animal se rompe una pata y está condenado,
se le sacrifica para aprovecharlo, y es algo que se hace
con naturalidad. Es el mismo vivir el que te va dando una
aceptación del ciclo de la vida y de la muerte, en la que se
encuadra la forma de verse a una misma y de ver el mundo.
Algo muy sano que debe estar presente en cualquier
pensamiento posterior.

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