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pensar la transexualidad,1


Notas para la presentación del dossier sobre

transexualidad de Riff-Raff, nº 30.

Colectivo Towanda, Zaragoza.

Hablar. Sin duda, una tarea en apariencia banal. Hablar. Y, sin embargo, es indispensable hacerlo. La obligación de hablar es ineludible. Ética y políticamente necesaria. Porque sólo a su través es posible hacer hueco al silencio, apuntar hacia esa oquedad que bajo el decir siempre respira. Nuestro deber es hacer oír aquello que permanece tachado, el silencio en que se hunden las voces aplacadas, las realidades cuya presencia es constantemente eludida. Y para acoger el silencio es necesario hablar. Para escuchar lo que resta acallado es indispensable introducir la palabra. Sólo ella, sólo su silencio recoge el murmullo incesante que es abandonado, como agujero negro y como vacío. No se trata de decir lo que dicen aquellos a los que no se les concede la palabra, sino de explicitar los impedimentos que encuentran para que suenen sus múltiples voces. Los sujetos transexuales hoy aún se ven abocados al silencio. Nuestra obligación es decir ese silencio. Decir que su decir está ausente, que su rumor está ensordecido.


Así, nuestra función aquí no es hablar sobre, no es decir lo que los sujetos transexuales son y dicen, no se trata de hablar en su lugar. Al contrario, se trata de hablar ante la realidad transexual, en la distancia que nos une a ella y a través de la cual se hace posible nuestro acercamiento. Se trata de hablar ante el silencio en que tantas veces se hunde dicha realidad, los sufrimientos tanto como las alegrías, los logros y los fracasos.


Es tal vez necesario, así, aquí y ahora, introducir una breve reflexión sobre el carácter gestual de las construcciones identitarias. Y, al mismo tiempo, a su través despejar tal vez su carácter político. De algún modo, este comienzo es válido para introducir la cuestión de la transexualidad, aproximarse a ella. El sujeto transexual, y, al fin, todo sujeto, se ve abocado a un trabajo eminentemente gestual. Tales gestos son quizá la expresión luminosa de un esfuerzo titánico, de un trabajo intenso sobre uno mismo, sobre su figura, su corporalidad, sobre su imagen tanto como sobre su propio procedimiento creativo. Muestran una identidad, la identidad transexual, en constante construcción, un proceso de subjetivación siempre inconcluso, constantemente vuelto a retomar desde su origen. Un trabajo de transformación necesariamente inacabado. Son retazos de la vida de un sujeto. Fragmentos de biografía, fulgores de una existencia en esquirlas, gestos dispersos que iluminan un nuevo estilo, que dibujan el movimiento incesante de una producción nunca clausurada de la propia identidad.


Merece la pena introducir una anécdota tremendamente reveladora. Pertenece a Diógenes, el cínico, aquel que vivía en un tonel y sólo pedía, burlón, como afrenta al poderoso, que no le hiciese sombra. Es la anécdota que lo une a Platón, que lo enfrenta a la metafísica de Platón. La anécdota del hombre y el gallo. La teoría de las Ideas de Platón instituye una dimensión habitada por Ideas en la cual los seres mundanos hallarían su verdad y su definición. Los seres encuentran su realidad en la medida en que participan de la Idea. En ese sentido, Platón, probablemente tras lo que podemos imaginar fue un arduo trabajo de desvelamiento de la verdad, de acceso a esa otra dimensión diferente de la de lo sensible, alcanzó a definir al hombre con la conocida fórmula de «bípedo implume». Diógenes, solitario y rebelde, preparó la burla, el gesto que habría de servir de contrademostración: durante una reunión presidida por Platón lanzó un gallo vivo previamente desplumado, mostrando así no sólo que la definición era inadecuada, sino que lo real excede siempre a la Idea. Como dice Michel Onfray, «de ahí el empleo del gallo con fines nominalistas...».


Mas, ¿qué interés tiene para aproximarse a la transexualidad esta anécdota? Nuestra civilización es esencialmente platónica. Tal es nuestra herencia terrible. Pero el gesto, sustancia ética esencial y acaso irrebasable, a partir del cual alguien se dice transexual, e incluso, más allá, todos y cada uno de los gestos que un sujeto transexual realiza, tienen el mismo efecto que aquel gesto cínico, imponen la obligación de devenir nominalista. La transexualidad, cuando irrumpe, pone en entredicho las definiciones asentadas, las ideas supuestamente eternas, las categorías definitivas y trascendentes. Rompe, antes que nada, con las ideas estereotipadas de hombre y mujer. El concepto nunca acaba de abarcar la inmensa exhuberancia que la realidad contiene. La transexualidad, al fin, desbarata los esquemas instituidos, muestra que existen hombres de pechos turgentes, con coños deslumbrantes y rostros imberbes, que hay mujeres con penes erectos, voces graves y calzado enorme. Muestran también, antes que nada, que es posible, siempre, la transformación.

La cultura homosexual lo había ya mostrado bien. El gesto, su modulación, permite transgredir las formas instituidas, las ideas que se imponen y nos enclaustran. Los mil gestos homosexuales. La modulación de las voces en los gays, la transformación de los modos de caminar de las lesbianas. Los cortes de pelo. Al fin, lo sabemos, también hay hombres con pluma. Y, en el límite, existe toda una batería de gestos que fijan múltiples modos de vida, estilos diversos. Se trata de cuestiones aparentemente sólo estéticas, gestos pequeños, minúsculos, pero que nos hacen ser lo que somos, trabajar a partir de ellos es trabajar sobre nosotros mismos, son el único modo de desplegar nuestra singularidad legítima. Esa es nuestra tarea ética, pero también política: hacernos responsables de nuestros cuerpos y de lo que decimos, de cómo hacemos y cómo decimos, de esa tarea infinita de construcción de nosotros mismos. Los sujetos transexuales mejor que nadie nos enseñan que podemos ser dueños de nuestras vidas, que, una vez más, es posible burlarse de las Ideas platónicas, que podemos escapar a los estereotipos. Los sujetos transexuales son expresión luminosa de un nuevo cinismo[1].

 

Pablo Lópiz Cantó

Zaragoza, abril 2006



[1] Con la palabra cinismo nos referimos a la escuela filosófica fundada por Antístenes en el siglo v a.C., que nada tiene que ver con el sentido vulgar del adjetivo: dicha escuela buscaba el buen vivir a través de la crítica radical y burlona a todas las construcciones socioculturales. Obviamente, también es necesario criticar cierta concepción de la naturaleza sostenida por estos filósofos, que ya en absoluto se sostiene como criterio ético. Especialmente censurable se demuestra esta concepción en la anécdota referida por Diógenes Laercio, en la cual Diógenes de Sínope, «Viendo a un joven que vestía afeminadamente, le amonestó: “¿No te avergüenzas de querer para ti menos que lo que quiso la naturaleza? Pues ésta te hizo hombre y tú te obligas a ser mujer”». Por desgracia, esto muestra bien hasta qué punto la transfobia y la homofobia también pueden estar entre los mejores, pues acaso debiera haber considerado el filósofo perro que la naturaleza de su interlocutor no era precisamente el ser hombre que los genitales marcan, sino, al contrario, el ser mujer que pudiera sentir como propio. O, incluso, más aún, que el género y el sexo no vienen dados por naturaleza, sino que son una construcción sociocultural más, igual que aquellas otras que él con su vida y ejemplo bien demoliera.

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