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pensar la transexualidad,3



de El camino de Moisés, de Cecilia Barriga.

Jornadas en torno al 28 de junio.

Centro Cívico Santiago Escartín, Huesca.

 

Aproximarse a la transexualidad supone acercase al juego conceptual que a su través se despierta. Sexo genético, sexo gonadal o cromosómico, sexo fenotípico o genital, género. La transexualidad juega con todas estas categorías a la vez. Abandona el sexo genético a lo inevitable, lo sitúa en ese espacio carente de interés que es el de lo inmutable. Decían los estoicos que sólo se debiera uno interesar por aquello que depende de uno mismo, dejando caer la apatía sobre todo lo demás: la transexualidad muestra el sexo genético, xx para mujeres, xy para hombres, precisamente como aquello sobre lo cual no se puede intervenir y que, por tanto, carente de todo interés. Sin embargo, frente a la inevitabilidad de lo genético, las otras categorías entra en la partida como otras tantas dimensiones en las que es necesario intervenir, en tanto que objetos de trabajo. El sexo gonadal, transmutable a través de la hormonación y de la extirpación de testículos u ovarios. El sexo fenotípico, campo abierto a la experimentación a través de las cirugías genitales, a través, por tanto, de masectomías, faloplastias, histerectomías y un largo etcétera que incluye intervenciones menores como pueda ser la depilación eléctrica en casos de mujeres transexuales. Por supuesto, la transexualidad se juega también sobre esa dimensión sociocultural que es la del género, transforma desde las formas masculinas o femeninas a través de las cuales designarse, hasta las formas de moverse, de vestir o de modular la voz.

 

Sin duda, la transexualidad supone poner en jaque las diversas dimensiones en que se juega la identidad sexual de los sujetos. Sin embargo, de un sujeto transexual a otro las tácticas cambian, los abordajes difieren. Hay múltiples caminos. El caso de Moisés es uno entre otros, ejemplar sólo en la medida en que cada ejemplo constituye una verdad única, irrenunciable. Porque cada diferencia exige una idea. No hay generalización posible. Cada caso es una singularidad. Es, por ello, necesario aproximarse a la transexualidad desde una casuística capaz de reconocer las múltiples vías abiertas, la multitud de senderos posibles. Al fin, no parece conveniente reducir la riqueza de las trayectorias diversas a una idea general y necesariamente estrecha incapaz de conceder la imagen de una realidad que se ha demostrado exuberante. La transexualidad acaso no sea sino una palabra que utilizamos para designar una realidad plural, un espacio de creación y conflicto. Como se sabe, el término se instituye a partir de los años sesenta del pasado siglo xx, en base a los trabajos del endocrino norteamericano Harry Benjamin. Pretende, por tanto, en su inicio, designar una realidad médica. Y, aún hoy, es la asociación que lleva el nombre de dicho endocrino, la encargada de ofrecer los materiales a partir de los cuales las diferentes administraciones del estado extraen los protocolos tanto legales como sanitarios que determinan el acceso a los procesos transexualizadores. Sin embargo, los sujetos transexuales, los movimientos que conforman, han sido capaces de transformar el sentido y la funcionalidad de la palabra que los designa. Hoy, tras duras contiendas, ya no designa una realidad exclusivamente médica o psiquiátrica, sino más bien un rasgo identitario, una pluralidad de formas de relacionarse tanto con el propio sexo como con el propio género. Y, sin duda, uno de los espacios de conflicto privilegiados que ha hecho posible esta transformación no ha sido otro que el que ha enfrentado a los sujetos transexuales con el poder médico. Al igual que ocurriera con las luchas feministas en pro del aborto libre, por la reapropiación de la propia maternidad, las luchas transexuales has sido, en el límite, una búsqueda del propio cuerpo, un combate por la reapropiación de la propia corporalidad, una guerra abierta contra el Estado que, como se sabe, es el principal administrador de los cuerpos y de las vidas, de las trayectorias vitales que se abren o se cierran, de esos caminos a través de los cuales se constituyen las diferentes biografías.

 

Hoy, el poder se ejerce directamente sobre la vida, la gestiona según parámetros de salud pública e interés general. El Estado es el principal gestor de las poblaciones y, muy en especial de las poblaciones minoritarias. Porque, como explicara Deleuze, ser minoría no es una cuestión de número, sino una cuestión política: «Una minoría puede ser más numerosa que una mayoría. Lo que define a la mayoría es un modelo al cual hay que conformarse: por ejemplo, el Europeo medio, adulto, masculino, urbano... En cambio las minorías carecen de modelo, son un devenir un proceso»[1]. Así, el Estado es el administrador de los devenires, trata de capturarlos, los selecciona, los tolera o excluye, gestiona la marginación, reparte entre centro y periferia, trata de controlar las diversas trayectorias que las diversas vidas trazan. En caso necesario, aniquila.

 

De ahí que la lucha en torno a los derechos se haya hecho central: frente a los gobiernos, los derechos humanos. Pero no unos derechos humanos instituidos en función de una naturaleza supuestamente eterna e inmutable. Al contrario. Se trata de levantar, frente a la gestión de la vida planificada y acometida por el Estado, de elevar, como límite del despotismo, la barrera de los derechos. En ese sentido la cuestión de los derechos ha llegado a ser nodal. En primer lugar, porque ya no se trata tanto de la extensión de derechos incardinados en una imaginaria dignidad trascendente de lo humano, cuanto de la creación concreta de nuevas formas legislativas que limiten la acción de los gobiernos sobre los cuerpos singulares y las diversas trayectorias vitales. Hemos visto como la reivindicación del matrimonio entre personas del mismo sexo suponía, no sólo el reconocimiento de ciertas realidades afectivas, ni tampoco la mera ampliación de un derecho heterosexual a los sujetos que se encontraban excluidos del mismo, sino la creación de una institución renovada, la posibilidad para la aparición a plena luz de formas de sociabilidad antes negadas, de formas de convivencia marginadas y, sobretodo, la apertura de un espacio familiar en el cual, al igual que ocurriese en el caso de las madres solteras, poder ver conformarse a sujetos no sometidos al imperio de Edipo. Del mismo modo, la lucha por los mal llamados derechos de las personas transexuales —pues no son derechos que pertenezcan en exclusiva a este sector de la población, sino más bien, el derecho de todos a devenir transexual, a reapropiarnos de nuestra identidad sexual, de nuestro cuerpo y de nuestra vida— es una oportunidad irrenunciable para una creación absolutamente inédita: no es ampliación, sino producción de novedad, emergencia de lo diverso, acontecimiento necesario. Es la posibilidad abierta de gobernarnos a nosotros mismos, de resistir ingobernables. De ser los gestores de nosotros mismos, del juego que se instituye entre nosotros y nuestro sexo gonadal, nuestro sexo fenotípico y, sobre todo, entre nosotros y nuestro género. Es, en fin, la eventualidad que habrá de permitir a todos entrar en un devenir, ser capaces de describir trayectorias aún insospechadas, de generar nuevas formas de ser y de sentir, de forjar inéditas alianzas. La lucha por una ley integral de identidad sexual —proyecto que excede con mucho los tímidos pasos adelante dados por el gobierno del Estado español en la actualidad— es, en fin, un medio, sin duda no el menos determinante, de devenir dueños de nosotros mismos.

Pablo Lópiz Cantó

Huesca, junio de 2006



[1] Deleuze, G., Conversaciones, Pre-Textos, 1999, p. 271.

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